Quedarme dormida una tarde,
como cuando era niña y nada más importaba.
Escribir con alguien y sonreir al recibir su mensaje,
como cuando era más joven.
Volver a la vanalidad de los días en los que solo podías contemplar por la ventana el paso de la tarde.
Escuchar el reloj sonar en la pared
y darte cuenta que marca el tiempo en una línea infinita
-inexistente en realidad-
que pretende darle orden y comprensión a la piel arrugada
y la pérdida inevitable de la memoria.
Para un día,
después de muchos años,
volver a quedarte dormida una tarde
como cuando eras niña y nada más importaba
y sentir la respiración cada vez más lenta,
y notar los latidos cada vez más debiles,
sintiendo poco a poco como te vas desprendiendo del cuerpo físico
y con una paz inmensa, simplemente,
ya no despertar.